Son protectores de la tumba de Cristo. Doce hombres y mujeres. Pertenecen a la orden de caballería más antigua del mundo, fundada en la Primera Cruzada por Godofredo de Bouillón y en la que participó una infanta leonesa, Elvira de Jerusalén. Siguen el legado de Jesús de Nazaret. En el año 33 de nuestra era, en el tránsito entre el sábado y el domingo, como esta madrugada hace 1.993 años, María Magdalena, la otra María y Salomé descubrieron la tumba de Cristo vacía. El lugar sagrado del cristianismo
Susana Vergara Pedreira l León l Actualizado:
Cinco de la madrugada. Jerusalén. Cae la llave sobre el Santo Sepulcro. La tumba sagrada se cierra. Ya no se podrá entrar. Ni salir. Siete leoneses asisten en el interior a una misa, junto al lecho funerario de piedra donde se cree que descansó el cuerpo de Jesús de Nazaret, el lugar en el que resucitó. Estremece el silencio. Junto a ellos ha entrado otra persona. Nunca la han visto. Sonríe. Reza junto a ellos. Se llama Jesús Juan Pedro. Viene de muy lejos, dice.
Suenan las llaves en el exterior. Se abre la pequeña ventana que hay en la parte superior. Introducen la escalera por la que se accede para la entrega de la llave que abre la puerta desde el interior y desde el exterior. Doble cierre. Por dentro y por fuera. Una llave, dos cerraduras. El mismo ritual a la inversa que cuando accedieron a la sepultura. Jesús Juan Pedro ya no está allí. Nadie sabe cómo ha salido. La puerta no estaba aún abierta. Un misterio. Les ha dejado un número de teléfono. Le envían una foto. Hay respuesta: “Gracias, hermano”. Nunca más vuelve a contestar. El teléfono queda en silencio. Todos estos años.
Qué sucedió en este lugar santo. No hay explicación.

José María Viejo, María Jesús García Armesto y Francisco Díez-Ordás, tres de los doce caballeros y damas de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.
De ese sagrado lugar son guardianes doce leoneses. Pertenecen a la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Hacen su voto ante una espada y unas espuelas. La víspera, velan armas por la noche. Y rezan. Por la mañana, son cruzados por el báculo y revestidos con el manto capitular. Una solemne ceremonia por la que se convierten en defensores de los Santos Lugares. Un juramento ancestral, una fórmula secular, en latín, que los convierte en caballeros y damas que siguen la estela de Godofredo de Bouillón, duque de la Baja Lorena y primer protector del Santo Sepulcro. ’Deus lo vult’ (Dios lo quiere).
A Godofredo de Bouillón, uno de los líderes de la primera Cruzada, los ejércitos cristianos lo reconocieron como Rey de Jerusalén. Y lo hubiera sido, pero se negó a ceñirse la corona en lugar del casco y a empuñar el cetro en lugar de la espada. Dicen que dijo que no podía llevar una corona de oro donde Jesús la había llevado de espinas. Pero aceptó convertirse en protector de los Santos Lugares de la cristiandad, del Santo Sepulcro. Era el año 1098. Nace la ‘Ordine equestre del Santo Sepolcro di Jerusalemme’, la orden de caballería más antigua del mundo. Doce leoneses son sus herederos.
Tienen obligaciones, el deber de peregrinar al menos una vez en la vida al lugar donde fue clavada la cruz, yació el cuerpo muerto de Jesucristo y resucitó, y una facultad. Pueden pasar la noche en la tumba de Jesús.
María Jesús García Armesto lo ha hecho seis veces. Es una de las cuatro mujeres leonesas que pertenecen a la Orden. La seis veces ha experimentado la misma sensación, extraña, impactante. “Un lugar en el que se capta la energía, la luz, el amor, la fe que desprende tanta gente rezando donde murió y resucitó el Señor y, a la vez, la conciencia de que es un lugar en el que se ha derramado tanta sangre a lo largo de la historia, empezando por la de Cristo y continuando por la que ha provocado la lucha por el poder de ese espacio”, dice. Luego, guarda silencio. Y se traslada mentalmente a otro lugar, a Getsemaní. Al este de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en el valle de Cedrón, al pie del Monte de los Olivos, el huerto donde Jesús de Nazaret rezó antes de ser apresado la víspera de su crucifixión. “Sientes la soledad, la misma que experimentó un ser espiritual superior”. En el 33 de nuestra era. Hace 1.993 años.
Armesto posa su mirada de experta en Historia sobre este territorio largamente disputado. Su acercamiento a la Orden es espiritual e histórica. Sus amigos dicen que conoce Tierra Santa y Oriente Medio hasta más allá de sus fronteras como si fuera el patio trasero de su casa. Lamenta que no se valore suficientemente la contribución que hace España, y León, en los Santos Lugares, de los que Felipe VI es Rey de Jerusalén, un título histórico y simbólico heredado de la monarquía española desde la época de Fernando el Católico. Aunque carece de poder territorial o político real sobre la ciudad, es un título legítimo vinculado al Reino de Nápoles, proviene de las cruzadas y fue integrado en la corona de Sicilia que luego pasó a los Reyes Católicos. Israel reconoce esa dignidad, por eso coloca al Rey de España en una alta posición en el protocolo.
“Jerusalén no es esa ciudad que describen las Escrituras, es más bien una ciudad modesta, recogida, cercana si viajas como turista, pero si lo haces como peregrino, si lo haces con los ojos de la fe, es una experiencia espiritual”. Lo describe así Fernando Arvizu y Galarraga, jurista y político que une a su carrera una profunda formación histórica.
Arvizu narra con profusión el impacto emocional que supuso para él orar en la tumba de Cristo. El cuerpo de Jesús fue depositado sobre una piedra pulida, tratado con mirra y aloe y envuelto en lienzos de lino por José de Arimatea y Nicodemo antes de que fuera shabat, desde el atardecer del viernes hasta la aparición de tres estrellas el sábado por la noche, el séptimo día de la semana judía dedicado al reposo, la oración y la vida familiar, un precepto bíblico de descanso ordenado por Yahvé para conmemorar la creación. ¿Conservaría aún el aroma del perfume de nardo puro con el que María de Betania ungió los pies del Maestro y los secó con su pelo?
Ante esa losa en la que Jesús fue depositado a la espera de que el domingo por la mañana las mujeres acudieran aprisa para ungirlo y hallaran el sepulcro vacío, Arvizu encontró un sentido último. “Es mi patrimonio espiritual”, explica. “Es, para siempre , un recuerdo del alma”.
En el año 33 de nuestra era, en el tránsito entre el sábado y el domingo, como esta madrugada hace 1.993 años, María Magdalena, la otra María y Salomé descubrieron la tumba de Cristo vacía. Un lugar sagrado para el cristianismo.
Doce leoneses son guardianes del Santo Sepulcro de Jerusalén. Ocho hombres y cuatro mujeres forman parte de la orden que apoya económica y espiritualmente a la Iglesia Católica en Tierra Santa y auxilia al Patriarcado Latino de Jerusalén para garantizar la presencia cristiana en la zona y defender los derechos de la Iglesia en esos territorios. Desarrollan además una amplia labor humanitaria, social, educativa, sanitaria y protectora de los más desfavorecidos. El legado de Jesús de Nazaret.
A esa misión se ha sumado José María Viejo del Pozo. Es, como Armesto y Arvizu, miembro de la orden de caballería más antigua de la cristiandad. 30.000 caballeros y damas en todo el mundo dedicados a sostener la presencia cristiana en Tierra Santa.
José María Viejo fue investido y cruzado caballero de la Orden Militar y Pontificia de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, Lugartenencia de España Occidental, Capítulo Noble de Castilla y León, durante una ceremonia celebrada en la Iglesia Santa María la Mayor de Ronda (Málaga).
Viejo, director general de Fundos, consultor y divulgador cultural, ingresó en esta orden, muy jerarquizada, que depende directamente del Papa, una institución pontificia cuya máxima autoridad es un cardenal Gran Maestre designado por el Sumo Pontífice, y ha encontrado en ella “vocación de servicio, humildad y entrega”. Y, sobre todo, “conciencia de una misión trascendente”.
De ese sentimiento se impregnan quienes han estado ante la tumba de Cristo.
Los es para Enrique Máximo Val Mayado, “guardián del Sepulcro vacío”, para quien la misión es “por una parte ser guardianes del mandamiento de amor al prójimo con el que Jesús selló la nueva alianza con los hombres en la última cena con sus discípulos, ser guardianes de perdón y de esperanza a través de la caridad y de la gran obra social que desarrolla la Orden en Tierra Santa, y por otra ser esperanza de vida y servicio a los más necesitados porque, como guardianes de un Sepulcro que representa la Resurrección a la vida, debemos ser capaces de transmitir ese sentimiento y esa identidad en nuestra vida cotidiana”, dice.
Val lo traslada también al Cautivo de León. En su túnica lleva las enseñas del Santo Sepulcro de Jesrusalén.

Momento en el que se pasa a través de una pequeña ventana la escalera para acceder a la cerradura por la que se abre desde dentro la tumba de Jesucristo en Jerusalén.
La conexión de León con el Santo Sepulcro viene de antiguo.
Al frente de las tropas cruzadas de la primera campaña militar para recuperar para la cristiandad Tierra Santa estaba Raimundo IV de Tolosa, luego conocido como Raimundo I de Trípoli. Era caudillo indiscutible de la Primera Cruzada, cabeza visible de las tropas cristianas, el más viejo y el más rico de los cruzados. Abandonó Tolosa en 1096 con un gran ejército. Junto a él, en la cruzada, iba su esposa, la infanta leonesa Elvira, hija ilegítima del rey Alfonso VI de León. Durante las primeras semanas, Raimundo ostenta de facto, aunque no de iure, el poder en Jerusalén antes de que lo hiciera Godofredo de Bouillón. Y con él, la infanta leonesa, a la que su padre, que nunca la repudió, casó con el conde de Tolosa para asegurar su futuro y con quien tuvo a Alfonso Jordán, apellidado así porque fue bautizado en las aguas del Jordán, en el lugar donde recibió bautismo Jesús. Elvira de Jerusalén había sido educada en el Infantazgo, una institución del Reino de León que otorgaba un fuerte poder a las mujeres de la familia real no casadas, que las convirtió en señoras de tierras, con mando sobre territorios y personas, con bienes, dinero y patrimonio suficiente para ser dueñas de su vida y, por lo tanto, de su voluntad.
Muerto su esposo, y asegurada la sucesión de su hijo, Elvira regresa a León, donde comparte el dominado con Sancha Raimundez, la infanta reina, una de las dóminas más poderosas, hija de la reina Urraca I de León y de Raimundo de Borgoña y hermana de Alfonso VII el Emperador. Elvira ejerce en los terrenos heredados de su madre, Jimena Muñoz, la dama berciana de la que se enamoró Alfonso VI y de la que hereda, entre otros bienes, el castillo de Cornatel. A su muerte, su cuerpo fue conducido a Sahagún y enterrada en el Monasterio de San Benito, en el que había recibido sepultura su padre junto a varias de sus esposas y amantes, entre ellas Jimena Muñoz, su madre, y Zaida, hija de Al-Mu’támid, caudillo de la taifa de Sevilla y rebautizada para el cristianismo como Isabel.
La fascinación por el Santo Sepulcro cautivó también a la reina Urraca, la primera monarca titular y soberana por derecho propio del Occidente medieval, la pionera que proclamaba “el rey soy yo”, que encomendó al capellán de San Martín, un franco llamado Teobaldo, construyera un templo, hospital y lazareto de peregrinos bajo la advocación del Santo Sepulcro, hoy desaparecido pero que ocuparía el lugar de la iglesia de Santa Ana.
Referencias a la tumba de Adán, que está bajo la roca del Calvario, contenida en el templo del Santo Sepulcro, aparecen en el crucifijo de marfil de la gran reina leonesa Sancha y su esposo Fernando, una obra maestra datada alrededor del año 1063 y que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. A los pies del Cristo crucificado se puede ver la figura de Adán y la inscripción ‘FredinandusRex y SanciaRegina’. Y domina también la leyenda del cáliz de Doña Urraca y el Santo Grial, que los primeros cristianos, entre el siglo III y el IV, creían que era la copa de la Última Cena, con poderes sanadores que habría curado a la hija enferma de Saladino y que fue sacada de Jerusalén junto con otras reliquias sagradas de las cristiandad y enviada a El Cairo, y de Egipto, donde vivía el sultán fatimí, a la taifa de Denia en agradecimiento por haber acudido en socorro durante una hambruna, y después a manos de Fernando I de León en pago a la protección al musulmán del rey leonés, y de ahí a su hija Urraca, que cubrió con sus joyas la copa de ónix y su tapa, con la esquirla que cuenta la leyenda que un general de Saladino arrancó con un golpe de gumia para curar a la hija de su sultán y que desprendió una ráfaga de energía que le quemó la mano.
Una reliquia auténtica de la tumba de Cristo se custodia en León. Lo hace la Cofradía del Santo sepulcro Esperanza de la Vida desde el 8 de septiembre de 2017. La piedra original se la tumba de Jesús se la entregó a José Antonio Fresno, maestre honorario de la hermanda de Semana Santa, uno de los delegados del custodio de Tierra Santa y viajó con él en mano en el avión de regreso a España. “Por supuesto que no me separé de ella”, recuerda Fresno.
La piedra del Santo Sepulcro, junto con la ‘auténtica’, el documento oficial eclesiástico que certifica la autenticidad y origen de un resto santo, está expuesta al culto en un relicario en la iglesia de las Concepcionistas a los pies del Santísimo Cristo Esperanza de la Vida y se procesiona en el paso del Santo Sepulcro.
Y la auténtica piedra de la tumba de Cristo la han tocado María Jesús Armesto y Fernando Arvizu en el sepulcro de Jerusalén. Unas obras les permitieron contemplar lo que había debajo de la ornamentación que recubre el santo lugar. Un experiencia, dicen los dos, que no olvidarán. Lo que sintieron no se traduce con palabras y pertenece a su intimidad espiritual.
Doce nuevos cruzados leoneses han cambiado la espada por la paz en un territorio disputado por el judaísmo, el cristianismo y el islam, en un templo que se reparte la Iglesia Católica, la Ortodoxa Griega, la Apostólica Armenia, la Ortodoxa Copta, la Etíope y la Ortodoxa Siria, pero cuyas llaves están en poder de una familia musulmana, los Nuseibeh, que abren la puerta del sepulcro de Cristo desde 1187.
Al Patriarcado Latino de Jerusalén, un puñado de kilómetros cuadrados que extiende su jurisdicción sobre los fieles católicos de rito latino residentes en Israel, los Territorios Palestinos, Jordania y Chipre, sirven los caballeros y damas leoneses. Apoyan con su obra a los fieles cristianos de los Santos Lugares, volcados en la financiación de la educación a través de escuelas, la ayuda a refugiados y a los más vulnerables en hospitales y sanatorios, sin preguntar su credo, luchan por mantener viva la presencia cristiana en el lugar donde Cristo fue muerto crucificado y resucitó al tercer día, promueven el diálogo entre religiones, la justicia y la paz en un contexto cada vez más difícil. Por primera vez en siglos, la Policía israelí ha impedido este año el paso a la iglesia del Santo Sepulcro, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, al jefe de la Iglesia Católica en Tierra Santa, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, cuando se dirigía a oficiar la misa del Domingo de Ramos. Con Pizzaballa, de forma privada y sin procesión, iba el Custodio de Tierra Santa, Franceso Ielpo.
“Tiempos convulsos”, dice José María Viejo. “Pero durante mil años, los caballeros y damas del Santo Sepulcro hemos estado allí y seguiremos estando otro mil”, apunta.
“Que no se olviden que veneramos un sepulcro vacío porque nuestro Cristo no está muerto, es un Resucitado. Nosotros predicamos un mensaje de esperanza”, dice Fernando Arvizu.
Una llave de hierro de 20 centímetros sostiene un delicado equilibrio de fe y convivencia. Los musulmanes Nuseibeh abren y cierran el lugar más sagrado de la cristiandad, el lugar de la Resurrección, de donde nadie vio salir a Jesús Juan Pedro aquella madrugada. Algo excepcional sucede allí. El Santo Sepulcro, el lugar que protegen doce leoneses, hombres y mujeres, el número de los apóstoles de Cristo.

José María Viejo representando a la Orden del Santo Sepulcro de Jesrusalén en la procesión del Lunes Santo organizada por la Cofradía del Santo Sepulcro Esperanza de la Vida de León.
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